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Ellas
cubren sus pálidos rostros
con el néctar de las flores nacidas del sueño de una lágrima.
La sangre
que cae de sus vientres
como un rosario de perlas moradas cubre los yermos resecos,
bendiciéndolos
como la húmeda savia bendice al bosque.

Con su segote de plata,
extirpan las penas de los que bailan sin su propia danza,
y así espiran secretamente el sordo ritmo ondulante de la vida detrás de la vida.

Ellas
son las viejas y las doncellas
que bajo el sereno abrazo de la luna llena narran antiguas historias sin cuerpo.
En las tierras de abajo y de más abajo, cubiertas por un dulce éxtasis,
entonan y cantan sus plegarias al agua.
Emergen desnudas y silenciosas para dirigirse hacia lo alto de la montaña,
y dejarse envolver por el rocío fresco de la mañana.

Ellas
tejen alegremente los perfumes de las hierbas, untan los crepúsculos con brillantes colores
y juegan con las criaturas salvajes de la tierra.
También son las que engendran las oscuras raíces de la noche,
donde las bestias y las sombras gritan desde la herida,
escupiendo su fétido dolor, clamando por el perdón.

En la danza de sal,
con túnicas hechas de la espuma del mar,
zambullen sus cuerpos hasta tocar el corazón del agua,
y por los ojos de las olas dejarse llevar.

—mi primer poema

Recuerdo que mi papá, lo dio este poema a un hombre que trabajaba en una radio, en San Isidro. Y lo leyó en su programa. Nunca lo escuché.
Quisiera volver a mis 26 años para poder prender la radio y escucharlo.

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