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Llevo una infancia llena de jardín, de olor a pasto fresco, y río oscuro de provincia. Tengo una foto junto a mi padre y a un duende.
Había duendes, sí y un gran pino dorado como canción de cuna y un miedo difícil color abeja. Nadie supo que debajo de la tierra había ojos.
Y que yo los veía, terribles, descomponer a la luna, devorar la sombra de los insectos, prendiendo fuego la nariz de los duendes.
Claveles rojos, purísimos, para los miedos y sus mutaciones.

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