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La noche de diciembre entró con todos sus insectos. Y tu enigma, maduró tan tenue, tan tenue, tan cerca.
Las tardes de verano aún conservan la golosina de tu voz, dejando en el cielo un brillo ácido de ciruelas.
Podíamos resucitar los ensueños; dejábamos la ventana abierta, para que nuestras llamas se besen.
Quizá, sólo te imagine. Quizá. Pero sigo dejando la ventana un poco abierta, para que regreses, con los morados lirios de la mañana.

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