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Son siempre las horas de la tarde, las que envejecen los miedos.
Y siento el peligro de lo que es inofensivo. Un último hilo acalabazado de atardecer,
se oculta dentro de la foresta de mi cabello. Hay ternura en la habitación.
Un haz delicado de nostalgia, bajando por las paredes,
no elige frotarse contra la taza de té, pero igual
me recuerda como era amarte.

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