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No quiere herir, quiere decir.
El enojo no es un problema que hay que medicar, ni una amenaza que erradicar a mantras,
magia angelical o con píldoras para la felicidad.
Es lo salvaje buscando reunirse con lo amable;
lo más honesto buscando un lugar en los quebradizos umbrales de lo que entendemos por «buenos» modales.
El enojo quiere se parte en la voz de lo sagrado, frontera inquebrantable de lo que no es autentico en nuestra vida.
Hay que tener valor para admitir el enojo, Y más valor para admitir que dentro del enojo hay un dolor no mirado.
La ira, ese fuego bestial, se niega a perpetuarse cuando se lo escucha con amable dignidad.
Como dice la Poeta María Zambrano: «No hay infierno que no sea la entraña de algún cielo».
No quiere herir, y si lo hace, lo que va a herir es tu indiferencia.
Porque lo que busca es ser elevado hacia lo sagrado

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