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Solo el ego se convence a sí mismo de la fútil y demente idea de «soltar» algo. El ego está convencido de su soberana autonomía sobre la realidad y sus aparentes consecuencias a lo largo del espacio-tiempo. Dentro de su lógica existencial, el ego cree que puede «soltar» a voluntad determinadas relaciones, o determinados hechos del pasado en los que se ve dolorosamente atascado. Repitiendo, como en un incansable bucle, siempre la misma película, con el mismo, aburrido y previsible final.

Entonces, no se trata de soltar, de desapegarse voluntariamente de alguien o algo como un hábito o emoción. No se trata de forzar o empujar el río para que nos lleve hacia la otra orilla de la vida. La idea misma de soltar, en lo profundo, refuerza más la dinámica cerrada y sin salida que ofrece el ego.

Hace un tiempo, conversaba o me quejaba no sé, con una señora muy amable que conocí durante un viaje a Villa Ventana – una localidad de la provincia de Buenos Aires- sobre la imposibilidad y decepción que sentía cada vez que alguien me decía » tienes que dejarlo ir» «tienes que soltarlo ya» «tienes que practicar el desapego» «tienes que perdonar». Ella, me escuchó con atención y me invitó a conocer algunos árboles frutales que ella tenía en su jardín. En su profunda simpleza me dijo: » La naturaleza es nuestra mejor educadora. Vea, vea, como las frutas maduras se desprenden de las ramas del árbol, así mismo, es que se desprenden las personas o circunstancias de su experiencia cuando han cumplido – madurado dulcemente -algo dentro de la consciencia. Usted no necesita soltar a nadie. Usted solo necesita ver desde otro lugar dentro suyo, lo que la aflige o molesta y quedarse quieta. Así lo que tenga que irse se irá, como la fruta madura se desprende del árbol,  con elegancia y sin esfuerzo alguno de su parte, simplemente se irá. Esto es lo natural.

Y qué lugar era ese?

Solemos creer que el «dejar ir» es algo que hacemos por voluntad propia. Y si observamos, con honestidad, nos damos cuenta que esto no funciona verdaderamente así.

Cuántas veces lo has intentado ya?

Te ha funcionado? 

Bien. Si has tenido éxito, con esta idea de «soltar» puedes dejar de leer esta nota y continuar. Si no puedes seguir y ver que sucede…

Y entonces, cómo hacer?

                                                 Entonces solo dijo: aquiétate y sabe…

Cuando te aquietas, es decir, cuando eliges no reaccionar, permites que esa magnifica inteligencia que anima tanto  la vida como las cuerdas danzantes de tu sabio corazón, te encuentre.  Entonces  algo asombroso sucede…te rindes! Te rindes espontáneamente  a la Belleza de esa  inteligencia. Y sabes que sucede en lo inmediato? cuando te rindes, la otra orilla de la vida te llama, te nombra, te santifica y  limpia y enjuaga tus cansados ojos. Algunos pueblos originarios, de américa del norte, llaman a ésto Caminar en la Belleza.

Y sabes que sucede cuando la vida te limpia los ojos?

En tus ojos, se revela una nueva inteligencia. Una inteligencia que dará nuevos frutos, frutos que saben a nueva vida. Una vida sin la carga  del odio, la culpa y el miedo fundados en la falsa y fragmentada autonomía del ego. Y es desde ahí, desde la luminiscencia de esta visión fresca y reverdecida, que cualquier experiencia que no resuene con ella, simplemente se retira. Ya no miras con la desesperada y ciega carga del pasado. Ahora es la levedad innata de la Belleza que respira vivazmente en tu corazón, la que ve a través tuyo y sabe. Cuando permites esto, la apariencia vibratoria de la realidad en la que te experimentas,  se ve obligada a cambiar.

Así, como la fruta madura que se desprende sin esfuerzo del árbol…así naturalmente, lo que tenga que soltarse de tu experiencia, sencillamente lo hará. En verdad, solo se eleva la velocidad o frecuencia de tu conciencia. Es así de simple.

Que todas tus relaciones
te sanen.

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