La habitación de las decepciones

Hace unos días vi una película que lleva el nombre de este articulo; la habitación de las decepciones. El cuál me llevó a reflexionar sobre los cambios, la fragilidad  y las decepciones. Todos tenemos una zona de decepciones; puede ser que sea un cajón que jamás tocamos, un placar polvoso, un ático en ruinas, un pozo ciego, una baulera húmeda llena de recuerdo; es decir un lugar físico e interior lleno de decepciones que jamás intentamos mirar, pero que sin embargo están ahí como viejos fantasmas, buscando su liberación, su perdón y su expiación definitiva.

¿Qué pasa con los momentos de cambio?

Los cambios pueden ser elegidos -formalmente buscados- o no elegidos. Los cambios no elegidos son los que están comandados por la corriente invisible del destino. Destino puede significar tanto lo que no he realizado aún o lo que no quiero ver porque tengo miedo de hacerlo. Este destino inconsciente opera bajo distintas formas o apariencias; la perdida de un trabajo, la obtención de uno mucho mejor y de mayor responsabilidad creativa o jubilarse. Conocer el amor, empezar a convivir por primera o segunda vez y un buen día sorprenderte al tener un amante del mismo sexo. Decir adiós al mismo amor, y encontrarte solo, completamente solo. Una relación apasionada y casual que trae un hijo inesperado, donde el riesgo es aceptar tenerlo o no, cuando cumpliste más de 40 años. La primera menstruación y su ausencia última. Cada cambio fragiliza el nicho de lo que ha sido seguro y estable durante el tiempo relativo para nuestra identidad humana y terrenal. Se fragilizan hábitos, rituales cotidianos, costumbres familiares, creencias, acuerdos sociales que hemos hecho con el mundo y los otros para sentirnos más cómodos y aceptados en él.

Ante la fragilización de los cambios somos irrevocablemente vulnerables. Sean cambios que traen mejores condiciones de vida, como la realización de un sueño anhelado o cambios que implican una perdida irreversible, como una muerte.

¿ Por qué?

Los cambios rememoran. Traen a la superficie memorias aposentadas en el inconsciente del perceptor. Si el cambio lo gestiona una traición, una perdida o una separación, este cambio nos puede conducir hacia la habitación de la decepciones, con la espontaneidad fulminante de un rayo, sin que nos enteremos bien del todo cómo ocurrió. Sin quererlo y sin poder evitarlo, estamos encerrados y presos del pánico, de la ira, o la humillación en esa habitación repulsiva, confrontando con los viejos fantasmas de las decepciones no vistas.

Un cambio no elegido puede rememorar viejas heridas. Un cambio elegido también puede hacer resucitar memorias dolorosas como el rechazo, la vergüenza o la indiferencia aún no sanadas.

Una decepción- como un fracaso económico, el rompimiento de una amistad o los besos que no nos animamos a dar- puede abrirnos dolorosamente a un cambio que aunque no elegido, puede ser el inicio de algo apasionante y creativo que ni considerábamos posible. Todas estas posibilidades coexisten dentro de un mismo campo y a la vez. Cada ruptura con lo conocido está preñado de lo nuevo, lo fresco y lo vital, pero al quedar encerrados en las decepciones antiguas, no podemos soportarlo ni apreciarlo como una instancia fecunda; la experiencia se vuelve demoledoramente inmanejable y queremos salir de allí sea como sea.

¿Qué hace a la diferencia?

El desarrollo de la confianza. La confianza radical en la inteligencia que despliega la vida. Cuando nos decepcionamos, cerramos la puerta. No queremos volver a sufrir, no queremos volver a confiar en nadie ni en nada nunca más. Nos alejamos. No queremos volver a entrar allí. Duele mucho. Asusta. Tiene sentido…pero por un tiempo.

Sin embargo los cambios que la vida va tejiendo – y que no controlamos-  nos conducirán inevitablemente de nuevo a esa habitación donde dejamos encerrada la culpa, las traiciones, los fracasos, o los pedazos rotos de nuestra historia, que como fantasmas furiosos- pero fieles- quieren ser vistos, reconocidos, perdonados e integrados a la totalidad de la conciencia.

Cuando la puerta de esta habitación se abra, puedes buscar una mano humana y no humana para entrar. Entrando allí – con el corazón disponible a ser transformado- es como los fantasmas de las decepciones, por fin te dejan libre para habitar el presente un poco más en paz.

ɐ u ǝ ɹ o L
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